VOLVER A ARTICULOS

EL PROBLEMA ES SIEMPRE EL MISMO

Por: Nicolás Márquez
La Nueva Provincia

 
 
La economía de mercado tiene por base fundamental tres componentes supremos:

la preeminencia e inviolabilidad de la propiedad privada,
la libre iniciativa y,
obviamente el equilibrio fiscal.
Bajo el amparo de esta tríada, con picos y valles, desde 1853 y hasta principiar los años 40, el país vivió un proceso de desarrollo y esplendor como nunca jamás en su historia conoció. Si bien ya durante la década del 30 comienzan a advertirse atisbos de impurezas (el golpe de 1930 y las sucesivas practicas fraudulentas comenzaban a desdibujar el carril alberdiano), lo cierto es que hasta 1943 la Argentina gozó de una prosperidad que deslumbró al mundo.
Por esa época, en octubre de 1929 EE.UU. estrenaba una terrible y prolongada depresión sin precedentes; Europa padeció hitlerismo, mussolinismo, comunismo, guerra civil española, y la segunda Guerra Mundial que estalla en 1939 con un saldo de miserias y muertes inédito; Latinoamérica por su parte, vagaba entre la pobreza y la ignorancia administrada por caricaturescos dictadores.
En contraste, la Argentina en esos tiempos había logrado un posicionamiento excelente:
Superó rápidamente la gran depresión.
En 1939 el PBI real de la Argentina era un 15% superior al de 1929 (en ese lapso el PBI de EE.UU. sólo creció un 4%).
En 1937, el PBI per cápita de Italia no alcanzaba el 50% de Argentina, y el de Japón no llegaba al tercio.
Fluían a borbotones construcciones, teatros, palacios e imponentes edificios. La movida cultural estaba a la vanguardia mundial. Se filmaban 50 películas por año (desde 1937 ocupó el primer lugar en la producción hispanoparlante), el arte y el buen gusto brillaban, la industria editorial Argentina se convirtió en la primera de habla hispana.
En 1939, la posición Argentina era equivalente al de toda Sudamérica, teniendo el 14,2% de la población y el 15.3% de la superficie total.
No había desempleo, casi no existía analfabetización, miles de europeos que escapaban del totalitarismo y la miseria eran recibidos a diario. Las desigualdades sociales eran por lejos menores a las del resto de Latinoamérica.
Entre 1930 y 1943 la inflación fue nula. El crecimiento del salario real tuvo un promedio del 5% anual entre 1935 y 1943. Hoy, sesenta años después, el índice de pobreza roza el 50%, el de indigencia el 25%, y el desempleo el 20%.
¿Y que pasó con aquella envidiable pujanza que hoy quedó reducida a una mínima y empobrecida expresión?. Curiosamente, el pensamiento hegemónico vernáculo, monotemáticamente carga tintas culpando de todos los males actuales a la economía de mercado y al peyorativamente llamado ¨neoliberalismo¨ (aquel mismo que en su tiempo nos condujo al progreso).
No sabemos si es mala fe o ignorancia el leit motiv que impulsa a numerosísimos sectores a efectuar un análisis tan lamentable de nuestra pobreza, cuando, en rigor de verdad, el flagelo primero y postrero de nuestra desdicha, tiene un inequívoco responsable intelectual y material: el populismo.
¿Y qué es el populismo?, no es fácil dar una definición del todo precisa, puesto que hay diversos matices de populismo. Los hay de corte nacionalistas, los hay de tinte ¨progresista¨, los hay civiles y los hay militaristas. Pero si de algún modo podemos detallar cual es la característica central y el denominador común a todos estos subtipos es justamente la irracional adhesión al desequilibrio fiscal. En efecto, por definición, la nota suprema del populismo está materializada en el hecho fáctico de gastar más de lo que se gana (desatino rechazado por cualquier ama de casa en su economía familiar).
El vicio en cuestión comienza en los años 40, cuando las enormes reservas existentes ascendían a cifras siderales, y el propio Juan Domingo Perón admitía que por los pasillos del Banco Central ¨no se podía caminar de la cantidad de oro que había¨. Pero este último, contrariando la brújula de las naciones prósperas del planeta, se encargó con tesón de fulminar esta fabulosa riqueza, tras una irresponsable administración estatista de corte festivo.
En este lapso (1946/55), los servicios públicos y grandes empresas arbitrariamente consideradas ¨depositarias de la soberanía nacional¨ fueron estatizadas. Entre ellos los ferrocarriles, teléfonos, líneas aéreas, las flotas marítimas y fluviales, los puertos, la explotación del petróleo, el gas, la energía eléctrica y atómica, el carbón, el hierro, grandes bancos, la industria naviera y aeronáutica, los diques, la elaboración del cobre, los seguros, los transportes terrestres etc. Se aplicaron controles de precios, de salarios, de tipos de cambio, de las exportaciones, importaciones, y demagógicas regulaciones laborales.
En 1955, la Argentina ya se encontraba sin reservas, con incipiente endeudadamiento, y la emisión de moneda no se disparó del todo porque el gobierno recurrió al saqueo de las cajas jubilatorias en forma compulsiva para apalear el déficit. El país ¨de las vacas y el trigo¨ se vio compelido a padecer un racionamiento tan severo, que hubo que comer pan negro e importar trigo.
Al caer el régimen peronista, la cultura del populismo ya estaba instalada y afianzada, y como ya no quedaban reservas para financiar la política estatista-deficitaria, hubo entonces que financiar al populismo de otro modo, se acudió entonces a un nuevo artilugio: la emisión de moneda sin respaldo.
Traspasando todos los gobiernos y extracciones (salvo muy fugaces intervalos), el sistema dirigista y emisionista permaneció intacto, y los gobiernos sucesores no cambiaron ni una coma la política instaurada en los años cuarenta, sino que la ampliaron y consolidaron. En efecto, luego de la Revolución Libertadora en 1955, se inicia un período de gestiones opacas en la que alternaban democracias frágiles (el peronismo proscripto) con golpes cívico-militares.
Al levantarse la proscripción del justicialismo en 1973, la expansión artificial del papel moneda llegaba a un punto inmanejable. En este período democrático (mayo de 1973 a marzo de 1976) desfilaron por la cartera de economía 6 ministros distintos, entre ello Celestino Rodrigo (autor del golpe hiperinflacionario llamado ¨Rodrigazo¨). La tasa anual de inflación de los últimos ocho meses pasaba el 538 %, el déficit fiscal por su exorbitante dimensión no podía calcularse con métodos convencionales (sino que debía medirse en relación al PBI) y la tasa de inversión decrecía al 11 %. La hiperinflación, la incapacidad, el horror de la AAA y la guerrilla, dio pie al golpe cívico-militar en marzo de 1976.
Muy curiosamente, desde un tiempo prolongado a esta parte, es común (casi un dogma de Fe), que todo el staff de la corporación anticapitalista (políticos, sindicalistas, periodistas y opinólogos varios) vociferen explicando que el problema de la decadencia económica se gesta ¨a partir del 24 de marzo de 1976¨, acto seguido, arremeten diciendo que desde entonces, en que se ¨nos impuso en la Argentina el sistema neoliberal¨.
Sin embargo, el desacertado credo populista yerra otra vez, puesto que contrariamente a lo que sostiene la propaganda dominante, el último gobierno cívico-militar en materia económica no inauguró ni cambió nada. No fue el puntapié de ningún ¨neoliberalismo¨, no sólo porque no hubo ni una sola privatización, sino que se estatizaron empresas como la aerolínea Austral, o la Italo (compañía eléctrica). Durante la gestión del Presidente Videla, cuya cartera económica confió a Martínez de Hoz, el país se endeudó en veinte mil millones de dólares para financiar todo tipo de aventura dirigista y estatista, tales como Yacimientos Petrolíferos Fiscales, subsidiar exportaciones que ¨consumían¨ más divisas que las que producían, el Mercado Central, el Ente Binacional Yaciretá, el Polo Petroquímico Bahía Blanca, las empresas estatales Altos Hornos Zapla, Yacimientos Carboníferos Fiscales y muchísimos otros mega-emprendimientos. La obra pública estuvo en auge, desde la construcción de obras faraónicas como estadios de fútbol, autopistas, el Parque de Diversiones Interama, el traslado del Jardín Zoológico, el Campeonato Mundial de Fútbol y hasta el financiamiento de una guerra contra las potencias liberales en 1982.
Por otra parte, gran porción de los empréstitos fueron utilizados por la tecnocracia dirigista a fin de mantener artificialmente sobrevaluado el valor del signo monetario. Hubo rígidos controles de precios y altísimos índices de déficit fiscal. Años después, el propio Martínez de Hoz, al ser interpelado por una comisión de diputados durante el gobierno de Alfonsín, alegó ¨haber continuado básicamente el programa económico de Celestino Rodrigo, Gómez Morales y Mondelli¨.
Sin solución de continuidad, el sistema emisionista, estatista y deficitario prosiguió durante toda la década del ochenta ahora bajo el patrocinio del ¨Plan Austral¨ (otra argucia dirigista). En este pasaje, la emisión de moneda y controles de precios estuvieron a la orden del día, el 50% de los medios de producción ya estaban en manos del estado, y Argentina supo ser el país no comunista de mayor grado de estatismo en el mundo (después de México). Promediando 1989, se produce el colapso de los servicios públicos y la hiperinflación llega a su punto cúlmine. En junio y julio el costo de vida subió al 114 y al 196 por ciento mensual respectivamente, y en medio del desconcierto, el Dr. Alfonsín tuvo que renunciar seis meses antes del vencimiento de su mandato.
Con el advenimiento de Carlos Menem, el populismo deficitario prosiguió no ya intacto, sino potenciado al paroxismo (aunque maquillado de ¨moderno y globalizador¨¨). En efecto, so pretexto de achicar la grandilocuente dilapidación, vino la ola privatizadora, pero aparejadamente, el gasto público se incrementó un 143% durante su primer período y, en el segundo aumentó el 36.5% más. El presupuesto de Presidencia fue de 703 millones de dólares en 1995 y subió a 3285 millones en 1999.
Lo que distinguió a este neo-populismo respecto de sus antecesores, es que este no se financió con la ¨maquinita¨ de fabricar papel pintado, sino con el dinero de las privatizaciones monopólicas, la suba impositiva (el IVA subió del 6% al 21%) y, por supuesto, con el inmenso endeudamiento externo. Durante el período 1991-1995, el hiperdéficit se alimentó con la venta de activos de privatizaciones monopólicas y en los años subsiguientes, a través de endeudamiento. La deuda que en 1989 era de 63.000 millones, ascendía a 147.000 diez años después.
Durante esta década de ¨ajuste¨ (tal el asombroso apodo que le pone la propaganda anticapitalista), el incremento del gasto público respresentó dos veces el crecimiento del PBI, y el déficit fiscal dejado fue de diez mil millones de dólares.
Y todo este gigantesco despilfarro se llevó a cabo para seguir sosteniendo el mismo estilo deficitario, ahora encarnado en otro plan dirigista, conocido como la ¨convertibilidad¨, en el cual el bien mueble por excelencia, es decir la moneda, tenía un importe no fijado por la ley natural de la oferta y la demanda, sino por una arbitrariedad legal, que le impuso un artificioso valor nominal (el engañoso ¨uno a uno¨)
Aparejadamente, en verdadera fiesta de ¨ñoquis¨ y dispendio, provincias enteras se servían del aparato estatal para sustentar el caudillismo clientelista a través de la indiscriminada creación de empleo público superfluo (Provincias como La Rioja, Santa Cruz o Tierra del Fuego tienen un empleado estatal cada tres familias, la mismísima ciudad de Buenos Aires ostenta 9 empleados públicos por manzana). ¿Y quien paga esta jarana irresponsable?, obviamente que el principal peso recae sobre las espaldas de la empresa privada (o lo que queda de ella) con impuestos confiscatorios, (la recaudación impositiva creció $30.000 millones anuales entre 1991 y 1999). Durante el ¨ajuste¨menemista, el aparato estatal gastaba 20.000 millones de dólares anuales, y la mayor parte del dispendio se iba en 9.242 cargos electivos con sus inacabables derivados (asesores, subsidios, prebendas, módulos, nepotismo y clientelismo).
En noviembre del 2000, ningún político se inmutó cuando Carlota Jackisch denunciaba en un impecable informe datos escalofriantes, tales como que la provincia de Baviera (Alemania) con 12.500.000 habitantes y 204 legisladores, tuviera un presupuesto legislativo de 54 millones de dólares, 3 millones menos que Formosa, con solo 30 legisladores, 500.000 habitantes y un PBI 156 veces más bajo que Baviera. De igual modo, Cataluña (España), con 6 millones de habitantes, gastaba menos que el Chaco (con 950.000 habitantes y un PBI 36 veces más bajo). En lógica consecuencia, cuanto más avanza el estado, más se desprimen los sectores privados.
A lo largo de nuestros 60 años de populismo y decadencia, el déficit se financió con la depredación de la reservas, la emisión de moneda espúrea, impuestos confiscatorios y con crédito externo.
Estas modalidades de financiamiento se fueron agotando una a una. Lo último en cercenarse fue el crédito, cuya inmediata consecuencia en medio de la desconfianza y la fuga de capitales, fue el secuestro de los depósitos bancarios a fines del 2001 en el aun vigente ¨corralito¨, masacrando el derecho de propiedad (piedra angular del liberalismo). Seguidamente, la corporación anticapitalista aplaudió jubilosamente el default que ellos crearon.
Actualmente, 7 millones de argentinos poseen un ingreso dependiente del estado. Por cada uno de ellos, hay 1.31 particulares generando ingresos para luego ser redistribuídos por la omnímoda administración pública.
Finalmente, ¿cómo puede echarse la culpa al liberalismo?, acaso ¿no estamos arruinados por el sempiterno dogma populista, intervencionista y deficitario?, ¿cómo puede ser que el grueso de la dirigencia y ¨comunicadores sociales¨ culpen al mercado de los males que ocasionó el populismo, y como contrapartida ofrezcan más populismo?. ¿No fue acaso desatender la racionalidad alberdiana la causa de nuestro ostracismo?.
Cierta vez, un dirigente nada afecto a los discursos simpáticos, decía por TV que había que bajar el gasto público, achicar el déficit, equilibrar las cuentas, y el interlocutor azorado le dijo ¨¡pero Ingeniero!, Usted siempre propone la misma receta¨, ¨es que el problema es siempre el mismo¨ replicó con paciencia imperturbable.
* Nicolás Márquez es un joven abogado de 28 años residente en Mar del Plata, que ha sido sido distinguido con el premio mayor por la Fundación Global en el concurso ¨Jóvenes Periodistas del Futuro¨, en un trabajo realizado sobre la pobreza Argentina.
La Fundación Global integra la red Libertad.

   VOLVER A ARTICULOS


Ventas e informes: lamentiraoficial@yahoo.com.ar

webmaster: Agustín Laje - www.cromo-web.com.ar