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LA CULPA NO ES DEL "CHACHO"

Domingo 11 de Diciembre de 2005

Por: Nicolás Márquez
La Nueva Provincia


     Tras prolongado silencio (sólo interrumpido por haber publicado un libro en donde entre otras cosas efectuó un tardío mea culpa y posteriormente conducir un fugaz e intrascendente programa de TV), irrumpe nuevamente en la escena política el inefable Carlos "Chacho" Alvarez, personaje reciclable y acomodable a todas las coyunturas y circunstancias políticas habidas y conocidas.

     Como la Argentina pareciera ser el "país del no me acuerdo" (parafraseando a nuestra querida María Elena Walsh), es dable repasar someramente las actitudes y aptitudes que Alvarez protagonizó durante sus años de acción, a fin de que su calculada y estudiada reaparición no eclipse sus no tan lejanas desventuras.

     Nacido en Buenos Aires en 1948, desde 1966 comienza su incursión en la política universitaria en las filas de la JP. Dedicóse en primera instancia a participar en la fundación de revistas y periódicos, observando con simpatía moral e intelectual el activismo de los sectores más radicalizados de la izquierda peronista. Tanto es así que desde púber se vinculó con personajes del hampa marxista y se enroló en la militancia de una extraña célula de raigambre universitaria llamada JAEN (Juventud Argentina de Emancipación Nacional), comandada precisamente por el criminal de guerra Rodolfo Galimberti. Al dar sus primeros pasos en ella, "tenía veinte años y un lenguaje adornado de modismos porteños. Parecía un personaje escapado de la tira De Pompeya al Centro , del historietista Calé: usaba el pelo engominado a los costados y rulos en la parte de arriba". Allí le sugirieron que debía rebautizarse. "¿Para qué?", preguntó. "Imaginate, si la policía te busca por algo... Bueno, ¿cómo te gustaría llamarte?". "No sé, tendría que pensarlo", respondió Alvarez. "Bueno, con nosotros te vamos a llamar 'Chacho', como Peñaloza" (1), y de allí su nombre de guerra, que quedó marcado a fuego para siempre.

     Más adelante en el tiempo, "Chacho", fiel a su permanente, monocorde y perseverante estilo "renunciador", desertó al JAEN por diferencias internas con Galimberti, retirada ésta que se hizo formal en una reunión llevada a cabo en un departamento del activista Jauretche, sito en Avellaneda. Los activistas que merodeaban por estas runflas no eran ajenos a las armas y, para la ocasión, "Chacho" Alvarez también fue armado. En ese tiempo, "los militantes más comprometidos nunca abandonaban su pistola" (2). En la misma reunión, Galimberti le esgrime un reproche que bien puede tomarse como un vaticinio de lo que después fue su penosa vida política: "Vos sos un fraccionista. Y todo lo que nace con mentalidad de fración muere fragmentado. La política no es así. Si vos querés construir poder, tenés que construir alianzas" (3).

     Pero su popularidad a lo grande sólo llega en 1989, tras acceder a una banca como diputado nacional (apoyando por entonces la candidatura presidencial de Carlos Menem). A partir de allí, comienza su ascendente y vertiginosa carrera al estrellato. Para tal fin, supo liderar aquel famoso Grupo de los Ocho, integrado por peronistas disidentes a la política privatista que Menem comenzaba a impulsar. Seguidamente, durante su no muy destacado desempeño como legislador, renunció al PJ, argumentando que se habían "traicionado las banderas históricas".

     En consecuencia, aprovechó la volada y se pasó a las filas del naciente Frente Grande (en boga por entonces), fundado por el cineasta Fernando Solanas, quien se tuvo que ir de su propio partido, tan pronto "Chacho" le copó la estructura y opacó su lugar. A partir de allí, inflado y auxiliado por la prensa que le brindó sobreabundante exposición pública, "Chacho" comenzó perseverantemente a difundir y predicar de cabo a rabo todo el uniforme, monocorde y precario libreto progresista: rico en denuncias, rico en declamaciones prometedoras de felicidad, cero en propuestas.

     Luego, el infatigable "Chacho" realiza una alianza con otro dirigente polémico, esta vez con José Octavio Bordón, presentándose a elecciones nacionales en 1995 bajo la nómina Bordón-Alvarez. Ni bien la fórmula fracasa, "Chacho" (flexible como un contorsionista) se deshace de Bordón y arma una nueva alianza, pero con la UCR (agonizante por entonces). En esta renovada coalición, el "peronista histórico e intransigente" logra hacer resucitar al partido que supo participar de la Revolución Libertadora y allí consigue escoltarse detrás de Fernando de la Rúa.

     Lo demás es historia fresca. A poco de asumir el cargo de vicepresidente, en 1999, salta el escándalo de los supuestos sobornos al Senado, y esto le da pie a "Chacho" para alardear de indignado por TV, montar un show mediático con discursos ascéticos e intentar destituir a su ex compañero, el ministro Alberto Flamarique. Es dable aclarar que, en el medio de tejes y manejes, el progresista "Chacho" tampoco se privó de ejercer presión e instigación para que De la Rúa incorporase a Domingo Cavallo al gobierno (tras denostarlo por años y haber votado la Ley de Convertibilidad en contra), incorporación que más tarde se cumpliría.

     Pero "Chacho", luego de inacabables prestidigitaciones políticas, al perder la puja interna por el caso Flamarique, elaboró un despliegue mediático renunciando a su cargo de vicepresidente y, fiel a su estilo mediático y rimbombante, efectuó una homilía (conferencia de prensa incluida) en el café Varela Varelita. Seguidamente, se fue a su casa para saludar desde el balcón a sus no muy numerosos acólitos de entonces. Su renuncia irresponsable constituyó el punto de debilitamiento e inflexión que, a la postre, desencadenaría con el golpe de Estado que derrocaría al mismo De la Rúa.

     A poco de quedar desocupado, el mutable "Chacho" advirtió que su poder de convocatoria era más aparente que real. Intentó entonces reincidir (cabeza gacha), peticionando a De la Rúa (utilizando a Darío Dalessandro de gestor) que lo reincorporara en el staff con algún cargo, petición que le fuera justificadamente denegada.

     Preso de sus contradicciones y disvaliosas conductas, ya sin poder, sin seguidores y sin votos, se vio forzado a efectuar una enésima renuncia, esta vez a la conducción del (hoy desmantelado) Frepaso.

     Derrotado por doquier, no le quedó más chance que recluirse, reanudó la docencia universitaria (compartiendo una cátedra con su amigo y camarada Abal Medina), complementó con un poco de tenis y hay quienes dicen que también mató el tiempo incursionando en el video game, entretenimiento considerado como el leading case de la "sociedad de consumo". Pero, en fin, así son los progresistas vernáculos.

     Tras repetidos fracasos, ahora resucita de la mano del desabrochado patagón (en esta ocasión para reemplazar al alicaído Eduardo Duhalde en el Mercosur). En efecto, la política nacional tiene mucho de aquella conocida ley de la físicoquímica que reza "Nada se pierde, todo se transforma". Máxime en el peronismo, partido que, como bien lo define la notable pluma de Jorge Asís, "es reversible como una campera".

     "Chacho" tiene fama de honesto, cualidad que pareciera exculparlo de otras miserias que se consideran menores. Pero la honestidad no consiste tan sólo en no violar el Código Penal, sino también en no mentir, no hacer demagogia, no tener múltiple discurso y no asumir responsabilidades públicas si no se está preparado para ello.

     No es nuestra intención demonizar a "Chacho". En verdad, no es ni mejor ni peor que el grueso de nuestra clase política. Es un dirigente que, como tantos otros, nunca se ha movilizado por los valores, los ideales y el amor a la Patria, sino por su instinto de conservación, sus ansias de figurar y una probable necesidad de saciar su desmedido ego. En puridad, así operan muchos seres humanos de bajo vuelo, y este tipo de miserias no son ni tan graves ni tan escandalosas. Son bien propias de espíritus vulgares y punto. El problema es que no son esos perfiles los que deberían gobernar la República, sino los excelsos.

     Pero, lamentablemente, continuamos sin aprender, y la ciudadanía tolera pasivamente que los demagogos de hoy ayuden a sus amigos (que fracasaron ayer) con cargos de alta jerarquía, cuyos sueldos pagamos entre todos. Y, para terminar de anestesiar cualquier atisbo de indignación popular ante el renacer político de los principales responsables de nuestra desgracia institucional, muchos medios de comunicación consienten estos lamentables nombramientos, reportean complacientemente a los metamorfoseados sofistas, toman sus opiniones como relevantes y los presentan en sociedad como "víctimas que no pudieron hacer la transformación" y, de este modo, intentan limpiar su pasado, tratando así de reciclarlo "para la próxima".

     La culpa no es del "Chacho", sino del que le da de comer (en este caso Kirchner) y de todos aquellos que, expresa o tácitamente, consienten, convalidan y festejan sus penosas e inconclusas andanzas.


Notas:
(1) Galimberti (Marcelo Larraquy)
(2) Idem - Ob. Cit.
(3) Idem - Ob. Cit.


Nicolás Márquez, abogado y periodista, es autor del libro La Otra Parte de la Verdad (La respuesta a los que han ocultado y deformado la verdad histórica sobre la década del 70 y el terrorismo en Argentina)

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