
A partir de la asunción de Néstor Kirchner al Poder Ejecutivo en el año 2003 (gracias a los oficios del aparato clientelista comandado por el entonces presidente de facto Eduardo Duhalde), desde los círculos opositores ipso facto se comenzó a murmurar casi al unísono “¿Y este cuánto puede durar?, se cae en cualquier momento preso de su debilidad” (se había consagrado con tan sólo el 22% de los votos).
¿Conclusión? Ya pasaron más de cuatro años, y en calidad de mandatario consorte le quedan (como mínimo) otros cuatro más y no sabemos qué deparará el futuro en este juego de reelección conyugal indefinida.
A poco de asumir, Kirchner se metió con las FFAA. - “Ah no!, con los uniformados no, este no sabe con quien se mete, ahora se cae”, bramaban con ahínco en los ambientes hostiles al régimen. Expropiación de la ESMA, humillaciones públicas, Nilda Garré comandando las cúpulas castrenses, encarcelamientos masivos a militares, anulación de las leyes de pacificación, glorificación de terroristas…
¿Conclusión? lo que se cayó no fue el gobierno, sino los cuadros de los Generales Videla, Viola y Bignone en el Colegio Militar gracias a los oficios llevados a cabo por el General Roberto “changarín” Bendini.
Ya por el año 2005 Kirchner, peronista de raza al fin, no tardó en disputar poder con su ex beneficiario Eduardo Duhalde. “El cabezón lo va liquidar, con Duhalde no se jode”, se rumoreaba en los ambientes anti-kirchneristas (a esta altura ya capaces de aferrarse a cualquiera con tal de destronar al desabrochado patagón).
¿Conclusión? Kirchner alquiló los servicios profesionales de Felipe “chirola” Solá como puntero mayor de las puertos bonaerenses y, billetera en mano, en tiempo récord le cooptó toda la estructura prostibularia que el cacique de Lomas de Zamora supo capitanear durante más de una década.
Más adelante, el régimen se metería con la Iglesia. “La Iglesia volteó al tirano Juan Perón!, ahora sí se le acabo la fiesta¨, recordaban nuevamente los sectores adversarios esperanzados en que se repita aquella gesta patriótica y catódica del Corpus Christi de 1955. Pero la Iglesia de hoy no es la de ayer.
¿Conclusión? No sólo no pasó nada con la Iglesia, sino que al Obispo kirchnerista Juan Carlos Maccarone, públicamente desdibujado por darse a conocer su condición de sodomita esporádico y locador de taxi-boys, culminó su sacerdocio envuelto nó en un escándalo, sino en el cariñoso y fraternal “agradecimiento a la labor de seis largos años al servicio de los pobres y de quienes tienen la vida y la fe amenazadas” (1) emitido por el Episcopado.
En sentido contrario, al Padre Christian Von Wernich (arrojado a los leones en paródico juicio testimoniado –entre otros- por el ex Videlista Héctor Ti merman), la jerarquía eclesiástica lo abandonó y está analizando quitarle virtualmente el Orden Sagrado por “represor”.
Pero hay más pronósticos: “el gobierno se cae en el invierno, con la crisis energética”, nuevamente argumentaba la disidencia al kirchnerismo.
¿Conclusión? Pasó el invierno (que fue muchísimo más crudo que los transitados bajo la breve administración económica de Álvaro Alsogaray), y nada hizo peligrar la continuidad del matrimonio gobernante.
Ya en medio de la suba de precios, la consigna fue y es “cuando estalle la inflación el gobierno se cae porque no hay fibra más sensible que el bolsillo de la gente”. Y pasó la inflación, sigue la inflación (escándalo del INDEC mediante) y seguirá la inflación.
¿Conclusión? Es verdad que hay inestabilidad de precios, pero lo único cada vez más estable es la hegemonía peronista.
En esta búsqueda de elementos y argumentos agonizantes, también se arremete con el siguiente apotegma: “A medida que afloren los escándalos de corrupción el gobierno irá perdiendo credibilidad y consenso” (según un informe de Nueva Mayoría los escándalos de corrupción e institucionalidad sólo afectan las preferencias electorales del 30% de los ciudadanos).
¿Conclusión? Dejando a un lado el desconocido paradero de los vergonzosos “fondos de Santa Cruz”, el caso Julio López o las valijas “bolivarianas”, casi no hubo Ministerio afectado o salpicado por grandilocuentes episodios y sin embargo, ninguno de los negociados y bolsones de dólares olvidados en los baños modificó en lo más mínimo el voto de la enorme clientela sufragante.
Pero el último aforismo apocalíptico del espectro opositor reza “Néstor Kirchner se va, y le cede el trono a su mujer para que en el 2008 la bomba no le estalle a él”.
Las conclusiones de este nuevo vaticinio las dejamos para más adelante, ya que formalmente Cristina Kirchner ni siquiera asumió el Sillón de Rivadavia.
Todos estos puntos que en apretada síntesis venimos detallando, tienen un problema mucho más grave que el pésimo gobierno que padecemos, y mucho más grave aun que la falta de certeza en las predicciones opositoras.
En efecto, dicha gravedad reside en que la oposición aspira a llegar al poder, no en función de la militancia, del esfuerzo y la responsabilidad personal, sino esperando que inciertos factores exógenos acaben con las aspiraciones del despotismo iletrado vigente.
Vale decir, si estuviéramos hablando de un partido de fútbol, verbigracia, este escenario equivaldría a estar esperando que se desmaye el arquero adversario, o que el árbitro nos conceda un penal inexistente, o que le echen un jugador al equipo rival, o que el juez de línea “se coma” algún off side y cualquier artilugio posible, en lugar de ver cuál estrategia tomar para hacerle un gol al equipo rival.
O sea, siguiendo en la jerga futbolística, estaríamos a la espera de “la mano de Dios” (parafraseando al tramposo gol con la mano que Diego Maradona hizo a los ingleses en 1986).
Esta espera permanente de factores externos y ajenos a nuestra voluntad para que el equipo rival (léase el gobierno) se debilite, habla a las claras de una oposición portadora de superficialidad de espíritu, aferrada a la pereza (mental y física) y depositaria de una paz blanda y regalada, cuyas únicas herramientas de esperanza se nutren en la fabricación de argumentos basados en el presunto costo político que el gobierno habría de pagar por sus felonías, y nó en una acción política convincente nutrida y antecedida por un ideal superador y clarividente.
Luego, se anhela entonces llegar al poder no en función de nuestra responsabilidad y esfuerzo personal, sino del costo político que en algún momento debería pagar el régimen por sus desaciertos. Si no se incendiaba el boliche “Cromagnon”, el “ibarrismo” todavía seguiría comandando la Capital de la República (o lo que queda de ella).
En esta mentalidad (la de mantenerse expectantes esperando que las cosas sucedan por misterio de acontecimientos inmanejables), no cuenta la iniciativa, ni el esfuerzo, ni la audacia, ni la consecución de objetivos. O sea, es una mentalidad anticapitalista. Todo está fuera de nuestro control y nada tenemos por hacer, más que esperar que un imponderable aparezca.
Y esa susodicha mentalidad (que prima en la oposición), es muchísimo más preocupante que la perfidia gobernante. El problema no es tanto el régimen, sino la impronta anestésica de muchos que pretenden oportunamente reemplazarlo.
Abogado.
Autor de los libros “La Otra Parte de la Verdad” y “La Mentira Oficial” www.nicolas-marquez.com.ar